San Benito Congregación de Subiaco, Orden de San Benito
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Part 3

Un período de administración ordinaria (1920-1937)

Siguieron a la cabeza de la Congregación dos abades franceses Benoît Gariador (1920-1928) y  Maur Etcheverry (1928-1937). La Congregación llegaba en 1922 al 50 aniversario de su fundación, casi una primera meta en su evolución, sustancialmente positiva. El Abad general podía escribir que  «había ido creciendo despacio como un árbol magnífico, que se extiende con sus enormes ramas por todas las partes del mundo». A pesar de todo no faltaba algún inconveniente, como las peticiones de parte de numerosos monasterios de estar dispensados de los dos puntos característicos de la observancia sublacense.

Sea como fuere, la Congregación todavía estaba en fase de expansión. Las cifras son significativas! Los monjes pasaron de 1107 en 1920 a 1437 en 1937 ! En este mismo tiempo entraba a formar parte de la Congregación la comunidad de Prinknash de origen anglicano.

Entre la calma los ciclones (1937-1959)

En octubre de 1937 fue elegido General Don Emmanuel Caronti, abad de Parma. La institución era suficientemente firme y profunda, y se encontraba todavía en fase de expansión, una fase de expansión que se notaba especialmente en la Provincia francesa, que en 1957 alcanzó el número de cerca de 550 monjes. Justamente en este periodo se multiplicaron sus fundaciones en territorios de misión. Podríamos recordar algunas: Thien-An en 1940, La Bouenza (Congo) en 1958 y de una forma especial Toumliline (Marruecos) en 1952, caracterizado por un peculiar programa al actuar  en una población íntegramente de religión islámica.

Con todo hubieron, no hace falta olvidarlo, algunos obstáculos de la historia. El primero fue la guerra civil española, durante la cual los monasterios fueron saqueados y destruidos, mientras un gran número de monjes debieron exiliarse o cayeron víctimas de la violencia. Cómo olvidar el monasterio del Pueyo, donde todos los monjes de la comunidad perdieron la vida? Todavía no había finalizado la tragedia en España, cuando se inició otra, la segunda guerra mundial (1939-1945). Los efectos sobre algunos monasterios fueron desastrosos. Nos complace señalar, al menos, la generosidad con que diversos de ellos, al menos en Italia y Francia, bajo un grave peligro, en un clima de lucha entre facciones sociales y políticas que iban a la caza del hombre, prestaron asilo a los perseguidos de tendencias opuestas: hebreos, monárquicos, republicanos, fascistas, partisanos (?)...

A causa de estas difíciles circunstancias también sufrió la observancia regular, con la difusión de abusos e ideas peligrosas. Nació entonces, favorecido por los acontecimientos, un difuso deseo de  revisión, al menos parcial, de las Constituciones y Declaraciones, o sea del entero cuerpo legislativo, deseo que ya se había afrontado en algún capítulo general. Era un motivo particularmente incómodo el hecho que existiesen dos clases distintas en el interior de los monasterios –los monjes sacerdotes y los conversos–, porque eso conllevaba una separación durante el tiempo de la oración y de la celebración eucarística. Un primer índice del proceso de acercamiento que conduciría después del Concilio a la completa unificación, se puede ver en el texto de las Declaraciones publicado en 1959 en el que se proponía por primera vez que todos los novicios –destinados a padres o a conversos–, fueran guiados y formados por un único maestro.

Sin duda, la observancia proseguía en la línea de la tradición reciente, pero empezaba a emerger especialmente en los ambientes jóvenes: el deseo de una vida más simple, con pocas estructuras, con el abandono de los centros urbanos, con un trabajo manual desarrollado en el interior del monasterio y con la exclusión de cualquier actividad pastoral. A la difusión de las nuevas instancias habían contribuido en gran parte los estudios que de una fase prominentemente documental e histórica, habían pasado gradualmente a una fase más bien teológica y espiritual, con la recuperación de los clásicos y con la profundización de temas de espiritualidad monástica.

Se desarrollaba justamente en estos años el movimiento litúrgico, contra las exageraciones y abusos del cual se opuso el Abad General, él mismo reconocido como uno de los protagonistas del movimiento litúrgico en Italia.

Se llegó así al capítulo general de 1959, que con el nuevo apelativo de «Congregación sublacense» se encaminaba al Concilio que Juan XXIII había anunciado el 25 de Enero anterior, suscitando esperanzas y planes.

Hacia el Concilio (1959-1966)

En el capítulo general de 1959 fue elegido para ir a la cabeza de la Congregación el español Pere Celestí Gusi, cuyo gobierno se podría llamar de transición. Mientras tanto, en algunos años se notaban fermentos nuevos, no siempre individuales. Un Abad, en 1963, observaba con realismo: «la vida monástica que hoy se nos impone y que cambia rápido, es totalmente distinta de la que se enseñaba antes»...

Entre las novedades nos parece oportuno señalar los nuevos criterios, que guiaban la fundación de monasterios en los países de misión. Allí, a diferencia del pasado, no se querían crear comunidades "europeas", volviendo a copiar al pie de la letra las estructuras y el estilo de vida, sino que se prefería siempre más frecuentemente seguir el principio de la «inculturación», principio proclamado en el convenio de Bouaké en 1964: los monasterios deberían dar testigo de la vitalidad del Cristianismo y ofrecer a los indígenas la posibilidad de abrazar la vida monástica, pero organizada de acuerdo con la mentalidad y la usanza de cada país.

La actualización conciliar (1966-1972)

A todo esto se añadió el Concilio Vaticano II, del cual debería venir también sobre nuestros monasterios estímulos animosos de renovación o como se decía, de "renovación"... Fueron años que tendrían una importancia capital sobre el futuro de la Congregación. Afortunadamente el difícil cambio fue guiado con mano prudente, de una persona de excepción como el Abad Gabriel Brasó, un hombre profundamente convencido por el ideal monástico, y que creía como objeto de su acción "ofrecer aquello que esté en mis capacidades para favorecer o iniciar una renovación equilibrada".

La  "renovación" debería alcanzar todos los aspectos de la vida, empezando por el viejo "corpus" legislativo. En el capítulo general de 1966 y 1967 fueron proclamados con novedad absoluta los principios de "pluralismo" y de «subsidiariedad», que de algún modo hacían tambalear la vieja estructura. La base de toda la organización era entonces considerada no solamente la Congregación, sino cada una de las familias monásticas con la propia fisonomía, la propia tradición, la propia orientación. Los órganos de gobierno deberían estar al servicio de los monasterios, esto es, las estructuras superiores de la Congregación tenían por objeto estimular las comunidades a encaminarse con diligencia hacia el ideal común de la vida monástica con la autenticidad del espíritu evangélico y con las características que derivan de la Regla de San Benito. Bajo esta óptica, también el servicio abacial «no es vitalicio sino de tiempo indefinido, salvando, sin embargo, la continuidad de la dignidad abacial» (a titolo personal)...

Sería  muy extenso detenerse sobre la «renovación» en el campo de la observancia regular. En concreto se notaron especialmente dos clases de experiencias. Algunos monjes, particularmente sensibles a las exigencias de los problemas del mundo contemporáneo, buscaron de inserirse en el tejido urbano y social; otros, por el contrario, prefirieron la soledad del campo con una vida familiar y austera, trabajando, con estructuras simples, excluyendo cualquier actividad fuera del monasterio. Afortunadamente no faltaron casos de un tradicionalismo de ultranza, como el que realizó Gerardo Calvet, monje de Tournay.

En 1972, el Abad Brasó decía lo siguiente sobre la "renovación" en curso: "Las primeras realizaciones fueron, naturalmente algo precipitadas y miraban más las hojas que las raíces. Desgraciadamente algunas comunidades parecieron no poder mirar más allá. Otros monasterios, en cambio, después de las primeras reacciones o primeros tanteamientos, se propusieron seriamente los problemas y sus verdaderas dimensiones...

Conclusiones

Han transcurrido ahora 100 años de historia, un periodo en algún momento tempestuoso pero sustancialmente revelador de vitalidad y de exuberancia. Los monjes pasaron de 268 en 1880 a 1541 en 1972. No podemos, en conclusión, no señalar ciertas tendencias separatistas que han amenazado diversas veces la unidad y hasta la supervivencia de la Congregación y que miraban en las Provincias de crear Congregaciones nacionales o unirse a aquellas que ya trabajaban en el país. A finales de 1972 la Congregación contaba 1541 religiosos con un descenso sensible respecto a  1970 cuanto tenía 1659, en 59 monasterios de 21 países. La «renovación» deberá continuar en los años sucesivos.

Don Giovanni Lunari, OSB.

 

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