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Carta del Abad Presidente

Queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de un nuevo año acostumbramos a intercambiarnos felicitaciones, como ya hemos tenido oportunidad de hacerlo, por otra parte, con ocasión de las fiestas navideñas. Quisiera hoy, como lo hice en la fiesta de Pentecostés de este año, compartir con vosotros algún pensamiento inspirado por la experiencia que se vive diariamente en nuestros monasterios tal como llega hasta aquí a San Ambrosio o tal como la recojo durante mis visitas a los monasterios (y han sido realmente tantas durante el año que terminamos). Espero así poder contribuir un poco, a través de estas líneas, a hacer que el año 2008 sea «agradable a Dios y dulce para los hombres» (RB 5). Así pues, ¡Buen Año a todos!

Constato (y mi constatación es compartida, por otra parte, por los Visitadores de nuestras provincias cuando nos encontramos dos veces al año) que todas nuestras comunidades sufren una cierta fragilidad. La comunidades numerosas y sólidas han tenido que asistir a la disminución numérica de los monjes, mientras permanecen idénticas las tareas que hay que afrontar. Otras comunidades, que en el pasado habían sido muy fuertes, se encuentran hoy ante una grave crisis de nuevas incorporaciones. Muchas de las comunidades más pequeñas viven también momentos de gran dificultad. Ocurre que sufren a causa de divisiones internas que se manifiestan en el momento de la difícil elección de un nuevo Superior o en ocasión del nombramiento de un Prior Administrador. Se añade que no hay siempre el número suficiente de monjes capaces de llevar a cabo los variados servicios de la comunidad; si -como sucede en distintas partes- tales comunidades son un centro de peregrinación o un santuario famoso resulta realmente difícil afrontar las varias obligaciones pastorales creadas por aquella concreta situación.

La fragilidad se manifiesta también en algunos monjes y monjas a nivel más personal. El mundo en que vivimos ya no ofrece aquellas estructuras fuertes que en el pasado aseguraban a los monjes una buena parte de su solidez. De lo cual se desprenden, creo, dos tentaciones. La primera, la de un cierto individualismo, una tendencia a construirse lo mejor posible la propia vida y así pensar el monasterio para provecho propio, y no lo contrario. Siguiendo la Regla, podríamos clasificar tal tentación como un cierto «sarabaitismo». En cambio, se puede estar tentado de buscar una identidad monástica fuerte cuyas formas más rígidas se verían como el remedio adecuado a la incertidumbre del tiempo en que vivimos. De estas formas se cree encontrar huellas inconfundibles en un cierto pasado monástico idealizado y definido como «tradición». Tarde o temprano, sin embargo, volverá a presentarse la realidad en toda su crudeza real, y la fragilidad -bien camuflada durante un instante- no podrá sino manifestarse de nuevo y de un modo más fuerte.

En fin, la perseverancia -que siempre ha sido difícil- resulta todavía más difícil en nuestro tiempo, porque algunos de nosotros -por no decir muchos- no tienen bastante fuerza interior para aguantar las normales tensiones en toda vida humana compartida con otros. Además, las problemáticas relativas a la afectividad son también más complejas.

En una situación como la que acabo de dibujar, me parece importante ante todo conservar la esperanza. Ciertamente no es casual que el Papa Benedicto XVI, después de haber hablado de la caridad en su primera encíclica, hable de la esperanza en la segunda de su pontificado. Antes de meterse en cuestiones teóricas, teológicas, monásticas, litúrgicas o de otro género, es preciso comprometerse en la vida fraterna (Deus Caritas est) y mirar con confianza el futuro (Spe salvi). Vida fraterna: amarnos los unos a los otros, lo que significa concretamente
amarnos,
acogernos siempre recíprocamente,
escucharnos de veras, es decir, «abrir el oído de nuestro corazón» (RB, pr.) a las sensibilidades que son distintas de las nuestras,
decir, cuando nos toque, la palabra justa,
hacer gestos de generosidad
y perdonarnos incansablemente.

El capítulo 72 de la Regla es en relación con todo esto un texto de referencia insuperable. Os pido comprobar que sea bien vivo entre vosotros y que se crea en vuestras comunidades un espíritu de pertenencia recíproca. Esta caridad se fundamenta en la esperanza, es decir, en la tenacidad de Dios que no deja de abrir un futuro para su Iglesia y, por lo tanto, si de verdad encontramos en ella nuestro fundamento, también para nosotros, los monjes. En otras palabras, hay que volver a las raíces mismas de la vida cristiana, del sentido de salvación que se nos ha dado, de la libertad que Cristo ha conquistado para nosotros, a fin de poder dar mejor y siempre de nuevo un rostro a nuestras comunidades como «lugar de perdón y de fiesta», según la bella definición de Jean Vanier. Para ser así y vivir en la caridad y en la esperanza no es preciso ser numerosos y fuertes: Gedeón para llevar a término su guerra de liberación tuvo que reducir sucesivamente sus efectivos. Igualmente así a cada monasterio al cual pertenece cada uno de nosotros -por pequeño que sea- le es ofrecida siempre la posibilidad de una vida verdaderamente evangélica.

Sobre esto quisiera preveniros contra todo lo que, a fin de cuentas, equivaldría a un rechazo de la esperanza: imaginar por parte nuestra -como he señalado antes- que las bases sólidas que necesitamos las podríamos encontrar de nuevo con un salto hacia el pasado reconstruyendo templos que serían claramente fuera de época. David, al llegar al término de sus guerras de conquista, quería construir un Templo al Señor. Pero el profeta le hizo ver las cosas de un modo diverso: es cosa de Dios edificar en la gracia el verdadero Templo que no es otro que la comunidad que se mantiene fiel. La historia de los Templos de piedra en Israel y sus sucesivas y reiteradas destrucciones es un dato edificante. Al contrario, el Templo de Dios es santo «y sois vosotros» y se asemeja más a la tienda que acompañaba al pueblo en el desierto que a las estructuras imponentes de nuestras basílicas por más bellas que sean. Se habla mucho de liturgia en la Iglesia de hoy. Recordemos que tenemos indiscutibles puntos de referencia y que no son estáticos: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia que os invito a leer y a estudiar continuamente, los libros litúrgicos con las introducciones que inician a su sentido profundo y que fueron promulgados por el Papa Pablo VI con toda su autoridad apostólica y -para nosotros, los monjes- el Directorio que se encuentra al inicio del Thesaurus Liturgiae horarum monasticum publicado en 1976. Estos textos conservan toda su validez y nos invitan a mantener viva nuestra Liturgia en el interior de una comunidad que la aprecia y a saberla adaptar a los tiempos, a los lugares, a les culturas. Por nuestra parte, seremos «verdaderos benedictinos» siguiendo el compromiso de que mostramos ser capaces en el último cuarto del siglo XX y no ciertamente volviendo a una observancia literal de los capítulos de la Regla dedicados al Oficio Divino (lo que san Benito mismo no pide), e incluso tomándonos amplia libertad en la interpretación de otros capítulos sin embargo más importantes.

Me gustaría haceros percibir, en el presente mensaje, mi convicción de que la vida monástica, aunque frágil, es una esperanza inmensa para la Iglesia, con la condición de que busquemos, como decía Pablo VI, «construir la Iglesia de la caridad» que para nosotros resulte el reto de construir «la comunidad de la caridad». Tales son los medios auténticos y, si Dios quiere, eficaces, para la reforma constante de nuestros viejos monasterios. Por lo que se refiere a los países que en el pasado se llamaban del «Tercer Mundo», necesitan esencialmente lugares de vida cristiana auténtica, enraizada en la Palabra de Dios que da esperanza y en el amor recíproco que crea y asegura un sentido de pertenencia. Al decir eso, no cierro los ojos ante las exigencias de la formación monástica de la cual conozco todas las dificultades y fatigas puesto que un poco por todas partes (y no sólo en el Tercer Mundo) tenemos escasez de formadores y buscamos encontrar alguna solución para esta relativa carencia. Pero los fundamentos de nuestra vida son la Palabra de Dios, la liturgia viva, el amor fraterno, la auténtica humanidad: estos elementos crean las bases de la formación y proporcionan su programa y sus posibilidades.

Por eso creo que conviene no perder de vista, precisamente ahora que somos tan débiles, el crecimiento y la dilatación de la vida monástica y, por lo tanto, la eventualidad de fundaciones o de refundaciones: la generación es el signo de la vida y debemos desear verdaderamente que el mensaje monástico pueda extenderse lo máximo posible en el espacio y en el tiempo. Tal intención debe permanecer viva en el corazón y en la oración de todos nosotros. En las circunstancias actuales, en que nuestros efectivos son menos numerosos y disminuyen las fuerzas, me parece necesario que las cosas se hagan conjuntamente y que se hable de ello en la Provincia, en la Congregación a fin de estudiar no sólo las propuestas que se nos hagan sino también las que son las nuestras, el espíritu y las formas en las cuales se fundará o se refundará. Además, me parece importante concentrar y no dispersar los pocos recursos económicos con que podemos contar..., etc. En otras palabras: procuremos mantener viva la esperanza de un crecimiento de la vida monástica y, allí donde podemos hacer algo, intentemos actuar en comunión y en colaboración.

A fines de enero, la Comisión para el Capítulo General se reunirá e intentará profundizar el tema de una «carta de caridad» que anime la vida de toda nuestra Congregación y dé un cierto impulso a nuestro Capítulo General extraordinario en el próximo septiembre. Creo que dicha carta se debería articular según las líneas que he ofrecido en este mensaje mío. En primavera os escribiré todavía referente al Capítulo.

«Dios es amor» y «Salvados por la Esperanza»: dos palabras que nos indican el camino para 2008. Si las escuchamos -día tras día-, el presente año será bueno y lo será para cada monasterio, para cada hermano, para toda nuestra Congregación.

P. Bruno Marin
Abad Presidente

Si hay reacciones -positivas o negativas- sobre lo que he escrito en esta carta (como, igualmente, en las precedentes y, Dios mediante, en las que seguirán), no tengan miedo de comunicármelas de modo que el diálogo sea fecundo y nos permita progresar.

Via S. Ambrogio, 3, 00186 Roma, +39.06.68.80.27.92